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15 de noviembre de 2014

Otoño

Hace casi un año que no escribo en el blog y retomo "El Camino de la Alameda" con el firme propósito de escribir con más constancia. Hoy ha hecho un día tan otoñal (mi estación favorita, como creo que ya escribí en alguna entrada) que ahora siento la necesidad de escribir. No era la entrada que tenía pensada pero me parece apropiada para hoy, y que viene al caso teniendo en cuenta lo que supuso en mi vida mi la última entrada de éste blog.

Como ya he dicho, el otoño es mi estación favorita porque tiene ráfagas cálidas del verano pero a la vez, la frialdad que anticipa del invierno sobrecoge y hace temblar. El sol del otoño me hace guiñar los ojos. En otoño conocí el querer. La luz del otoño consigue que los paisajes ganen en belleza. Las tardes soleadas de otoño me hacen sonreír. El otoño me facilita los pasos haciendo que caigan las hojas de los árboles para que pise sobre mullido. Los colores del otoño me enamoran. El olor tras la lluvia de otoño me embriaga. Al otoño le gusta Granjafría porque cuando llega, todo el mundo se pone de buen humor. Cuando el cielo se pone gris en otoño, sé que volverá el sol, y si se queda gris me quedo igual de feliz, y si llueve, no puedo pedir más. El otoño hace surgir caballeros que sujetan paragüas bajo la lluvia. El otoño borra con su lluvia penas y preocupaciones. El otoño nos abraza cuando oscurece pronto.  En otoño se comen garbanzos. El otoño es constante y lucha contra la llegada del invierno. El otoño nos hace pensar en qué será de las hojas caídas y que el viento lleva a su antojo.

El otoño es como él.

Podría vivir toda la vida en otoño, adoro el otoño.

15 de octubre de 2013

Melancolía

Tengo la costumbre de apuntar en una libreta las frases o párrafos de libros que me han gustado, ayudado o inspirado. Ya llevo tres libretas completadas. Algunas las sé de memoria, otras no. Algunas me siguen fascinando y en otras no puedo recordar el motivo por el que las apunté. Supongo que será por el mismo motivo por el que, cuando releemos un libro, no solemos valorarlo o interpretarlo del mismo modo del que lo hicimos inicialmente, pienso que depende del estado anímico con el que lo leamos, la madurez, lo receptivos que estemos... Pero aunque no recuerde todas las frases que tengo apuntadas, sí recuerdo la primera que apunté. "Contra el optimismo, en defensa de la melancolía". La copié de un marcapáginas que me regalaron con un libro que me compré. Creo recordar que era el título de un libro.
Hace unos días recordé ésta frase y me dio qué pensar. No tengo nada en contra del optimismo. Me considero bastante optimista, aunque a veces no sé si confundo el optimismo con despreocupación. El optimismo es fundamental y siempre se ha dicho que hay que rodearse de personas optimistas, cosa que suscribo completamente. Aunque aquí, en "El Camino de la Alameda", me proclamo fan incondicional de la melancolía. Al menos de la interpretación y visión que tengo de la melancolía.
La melancolía es otoñal, la melancolía es misteriosa, la melancolía es reflexiva, la melancolía es profunda, la melancolía es elevada, la melancolía es interesante, la melancolía hace escuchar a los demás, la melancolía hace conocerse a uno mismo , la melancolía atrae, la melancolía de más, la melancolía hace que hablemos lo justo, la melancolía es sensible, la melancolía fuma, la melancolía ejercita la memoria, la melancolía es un perpetuo atardecer, la melancolía es pisar un charco con botas de agua, la melancolía es intelectual, la melancolía es escrutadora, la melancolía es sana, la melancolía es una palabra bonita, la melancolía expresa un pasado y un futuro, la melancolía viste color rojo, la melancolía es la cara oculta de la luna, la melancolía me gusta...

29 de septiembre de 2013

Encantadora inocencia.

  
  La palabra inocencia tiene tres acepciones según el Diccionario de la RAE:
- Estado del alma limpia de culpa.
- Exención de culpa en un delito o en una mala acción.
- Candor, sencillez.



 Siempre me ha gustado la palabra "inocencia", tanto fonéticamente como por su significado. Es fácil observar su empleo en el ámbito jurídico por su segunda acepción. También solemos utilizar ésta palabra como adjetivo de los niños en general. Muchas veces se emplea con cierto aire de superioridad (¡Qué inocente eres...!), contra algunas personas. Ésto último me parece injusto. Nunca deberíamos acusar a nadie de ser inocente, ya que es una paradoja. Viendo las otras dos acepciones de la palabra, es claro que no cabe referirse a nadie con la palabra inocente en término de burla o de forma despectiva. Suele conllevar un grado más elevado de burla en el caso de que se le achaque a un hombre. ¡Error!
  No me puedo imaginar nada más atractivo que un hombre inocente, y no me refiero al ámbito jurídico. Un hombre cuya limpia alma se proyecte en una mirada también limpia, brillante, un tanto infantil que fije su mirada en ti y que te haga sentir cómoda y pacífica. Una mirada transparente que haga de altavoz de su propia personalidad, transparente, sin sombras que siembren desconfianza o duda. 
  Tampoco imagino nada más encantador que un hombre sonrojándose. Una cara sonrojándose es como un amanecer. La tez se va iluminando poco a poco, como el sol va iluminando paulatinamente conforme despierta. Los ojos se hacen por un momento más pequeños para dar protagonismo a la sonrisa, esa sonrisa que enmarcada en un rostro ruborizado es equiparable a cualquier bella obra de arte. Lástima que sólo sean segundos...
  Un hombre no es menos hombre por albergar inocencia en su ser, por no estar maleado, por no haber probado de todo... No digo que el resto sea menos hombre, pero un hombre con cierto grado de inocencia, por lo menos para mí, es arrebatador, ya que aun conservando toda su masculinidad es a la vez cándido y sencillo. Es capaz de sonrojarse y, por el hecho de no haber descubierto algunas facetas de éste mundo, es capaz de valorarlo más. 
  La inocencia es encantadora y enamora.
  

24 de agosto de 2013

Sufrir por amor es normal.

Aun en tiempos grises, a pesar del soleado verano, quiero que "El Camino de la Alameda" deje entrar la luz y la calidez del sol entre sus ramas. Siempre buscando lo positivo.
"Los pueblos necesitan de las derrotas igual que las personas de los sufrimientos y desdichas, que obligan a concentrarse en la la vida interna, que elevan espiritualmente." Archipiélago Gulag, Alexandr Soljenitsin.
"Creo que uno nunca sufre en vano." La Hermana, Sándor Márai.
"El amor es como la escarlatina, que todos han de pasar por ella." Anna Karenina, Lev Tolstoi.
SUFRIR POR AMOR:
   Es romántico.
   Nos hace profundos.
   Nos hace humanos.
   Es universal.
   Nos hace depositar confianza en Dios.
   Nos identifica con nuestros héroes de novela.

SUFRIR POR AMOR:
   Nos hace pensar en los demás.
   Nos hace fuertes.
   Nos prepara.
   Nos hace sensibles.
   Nos hace conocernos.
   Nos hace apasionados.

SUFRIR POR AMOR:
   Nos hace sentir vivos.
   Nos hace tener esperanza.
   Nos hace pacientes.
   Nos muestra lo importante.
   Hace que nos valoremos.
   Hace que queramos aún más.

SUFRIR POR AMOR:
   Nos hace soñar.
   Nos hace leer poesía.
   Nos trae recuerdos.
   Curte el alma.
   Nos convierte en reflexivos.
   Nos hace ver doble.

SUFRIR POR AMOR:
   Es puente para un futuro mejor.
   A veces gusta.
   Hidrata los ojos.
   Nos hace madurar.
   Nos hace reír más tarde.
   Hace latir fuertemente el corazón.

SUFRIR POR AMOR:
   Significa que en nuestro corazón hay amor.
   Ayuda a compartir.
   Nos hace valorar el amanecer y el atardecer.
   Da una expresión interesante a la cara.
   Nos hace despreocupados en banalidades.
  
Sufrir por amor es normal.

23 de julio de 2013

La tormenta me acunó.

Mi madre dice que soy "pajarraco nocturno". Por la noche me activo y me suelo acostar tarde. Ayer me fui a la cama tarde como casi siempre, y aunque no tenía sueño me obligué a acostarme para poder levantarme a horas cristianas y no perder toda la mañana en la cama. Para conciliar el sueño siempre necesito leer. Las letras son las que todos los días me llevan a reunirme con Morfeo, aunque ayer no necesité  ningún libro. Me tumbé en la cama, apagué la luz y encendí los sentidos.
La ventana estaba abierta. Siempre lo está, incluso en invierno. Entraba una suave y refrescante brisa que aliviaba la calurosa atmósfera que se había generado durante el día en mi cuarto. La caricia del viento tímido me refrescaba hasta el alma y me daba paz.
Los relámpagos iluminaban. Cada fogonazo de luz que iluminaba la habitación me traía un pequeño y bonito recuerdo. Una mirada furtiva, inocente y limpia. Un atardecer era el fondo de un perfecto y guapo perfil. Una casa abandonada en las Bardenas. Oí "tía Tesi". Humo de pipa poniendo olor a una amena tertulia. Fuegos artificiales en Pamplona. Risas entre amigas. Un rostro ruborizado.
Los truenos sonaban. De pequeña me daban miedo, ya no. Ayer eran el punto y seguido de mis pensamientos que saltaban de uno a otro sin ningún tipo de hilo conductor. 
La lluvia caía. El sonido de las gotas cayendo violentamente era la banda sonora, la nana que escuchaba. Pensé en la película de "Orgullo y Prejuicio", en Mr. Darcy declarándose bajo la lluvia, aunque ésta vez la cara del protagonista no era la de Matthew McFayden.
El olor a humedad invadía la habitación. Lo mejor de la lluvia, que ya de por sí me gusta bastante, es el olor. La lluvia despierta a las plantas y a los árboles, sus bostezos mientras se desperezan desprenden ese fresco y verde olor. Recordé "Granjafría" y me alentó verla pronto.
La luna llena estaba en un segundo plano. Ayer la luna llena se ocultó tras la cortina gris que formaban las nubes. Esa noche dejó que fueran únicamente los relámpagos los que dieran el toque de luz durante la noche. La luna llena, reina del cielo durante la noche, ordenó toque de queda también para las estrellas. 

La tormenta me acunó y consiguió lo que pretendía, me entró sueño.

Recé y me dormí.



8 de mayo de 2013

El árbol seco.

En una colina, que la incesante lluvia había embarrado, estaba el árbol seco. Era muy alto y su tronco era muy grueso y estriado. Las ramas empezaban a crecer altas y se elevaban hacia el cielo, como pidiendo alas para poder volar hacia el cielo gris y desligarse del tronco y de las raíces que, aunque profundas intentaban salir de la tierra, negándose a permanecer en la oscuridad de la húmeda tierra. Los pájaros no anidaban en él desde hacía mucho tiempo, ni siquiera se posaban en él para descansar del vuelo.
Bruno sentía una especial atracción por el árbol a pesar de que nadie reparaba en él y pasaba muy desapercibido en el conjunto del paisaje. Bruno se pasaba las horas apoyado en su tronco. Desolado, triste, apático. Se identificaba con el árbol solitario, en el que nadie reparaba, sólo la fuerte lluvia y al que el viento azotaba sin ningún pudor o reparo. Sentado a los pies del árbol, que no le proporcionaba ningún cobijo ya que sus ramas estaban desnudas, pensaba, lloraba, se compadecía, envidiaba, odiaba. Su depresión le había convertido en una mancha gris. No le esperaba tras sus horas de cavilación ningún cálido hogar. La lluvia le calaba hasta el alma y la apagaba poco a poco. La esperanza se desvanecía, la lluvia también iba apagando esa llama.
Tumbado un día boca arriba bajo el árbol, vio que en una de las ramas más bajas asomaba un pequeño brote verde. Con los días el árbol se llenó de jugosos brotes de un verde casi fosforito. La lluvia cesó, la colina se secó y empezó a alfombrarse de color verde. Los brotes se convirtieron en abundantes hojas. El cielo gris se retiró cortés para dejar paso al azul luminoso y al amarillo sol. Las flores tímidas y guapas empezaron a crecer. El paisaje se llenó de color y alegría.
Bruno sólo tenía que esperar a que llegara la primavera.

24 de febrero de 2013

El desfile más bonito.

   Cada persona tiene su estación del año favorita. La mía es el otoño. La temperatura no es extrema, ni el calor te sofoca, ni el frío te encoge. El contraste de colores que nos brinda la naturaleza, para mi gusto, es el más espectacular. El dorado, ocre, granate, verde sepultado de hojas secas, amarillo casi fosforito en algunos árboles... El otoño es como si abriéramos un antiguo libro que lleva mucho tiempo en letargo, ocupando su lugar en un estante de la parte más alta de una biblioteca.
    Pero las estaciones no quieren preferencias. Las estaciones son generosas y nos hacen pequeños recordatorios de las delicias con las que gozamos durante el resto de año.
     Los soleados y cegadores días invernales nos recuerdan, bajo nuestros abultados abrigos, el verano amarillo que volverá. La violenta lluvia veraniega nos ayudan a recordar los paseos otoñales sobre alfombras crujientes. Los colores del otoño anticipan la floreciente primavera. El monótono panorama del invierno, invita a pensamientos profundos que nos ayudarán a poner cabeza en el ánimo alocado que la primavera nos provoca. El helador invierno se hace agradable pensando en el verano, cuando la brisa cálida acaricia la tostada piel. El sofocante verano, con sus frescas noches nos anticipa los meses de abrigo y bufanda. Las atrevidas flores silvestres que crecen en invierno, nos ayudan a ser fuertes en la adversidad y nos alienta la futura llegada de la primavera. Las iluminadas noches nevadas nos gustan porque recordamos la luz de las demás estaciones. Las lluvias primaverales enjuagan la melancolía invernal para que brote el júbilo y los pensamientos alocados cuales coloridas flores. La caída de las hojas de los árboles en otoño nos deja ver el cielo que en los días solados nos regocija pensando en la época en la que somos lagartijas. El ulular solitario del autillo en verano nos transporta al letargo invernal de la fauna. El cielo lleno de hollín en invierno, la ceniza acumulada en las sobremesas durante el estío. El bullicio primaveral y veraniego, el que se transporta al interior de los hogares en las vacaciones de Navidad.
    Todas las estaciones son encantadoras. La personalidad y los gustos de cada uno hace que en cada una de las estaciones disfrutemos más o menos, desembocando en que tengamos ciertas preferencias por unas u otras.
    El invierno es para los pensadores, el verano para los alegres, el otoño para los melancólicos y la primavera para los enamoradizos. Yo soy todo ello, pensadora, alegre, melancólica y enamoradiza, así que, ¡ que desfilen las estaciones!

15 de noviembre de 2012

El calor del fuego.

     Las gotas de lluvia hacían sonar los cristales. La ventana estaba medio abierta, se levantó a cerrarla. Volvió a sentarse en su butaca, la que tenía el tapizado del brazo derecho gastado de apoyar el codo, que normalmente aguantaba el peso de un libro. La chimenea crepitaba alegre, el calor le invadía gustosamente. Esta vez tenía el libro cerrado sobre las piernas. Después de volver a sentarse se había quedado ensimismada mirando el fuego. En cada transformación de las llama veía diferentes cosas. El hipnotizador fuego estimulaba sus pensamientos que aunque estaban perdidos, quedarían para siempre guardados en algún rincón de su memoria. La placidez del momento hizo que los segundos parecieran días. No quería dejar de mirar el fuego, le daba miedo que alejar los ojos de él supusiera perder esa sensación tan cálida, tan única. Pensaba en no dejar de pensar pero a la vez, por un carril rápido de su mente volaban miles de pequeñas reflexiones, profundas y vanas. De su plácido letargo salió de pronto al recordar que había metido en el horno hacía rato un bizcocho. Con el corazón latiendo fuertemente se levantó y llegó a la cocina. El bizcocho se había carbonizado.
         El calor del fuego que le había proporcionado tan agradable letargo, le había dejado sin merienda.

14 de noviembre de 2012

Finales y comienzos.

     Ramón era uno de esos hombres que forman parte del mar. Había nacido cerca de él. Nunca había ido tan lejos como para dejar de ver el metalizado mar. Tenía una estrecha relación con el mar, crecíó jugando con la húmeda arena, observaba cómo año tras año la huella de sus pies sobre la arena era cada vez más grande, su casa llevaba muchos años vigilando atenta el vaivén de la marea, el viento salado se había llevado muchos de sus pensamientos y sueños.
      La costa era irregular. Las zonas de playa le invitaban al paseo meditabundo. Las zonas de escarpados acantilados le invitaban a la aventura. El casi continuo cielo gris era para él la mejor manta para aquellos azules y verdosos paisajes. El entorno había hecho de Ramón un hombre rudo, curtido, de carácter tímido pero muy apasionado. Era un pensador de mar abierto, de tempestad y oleaje. Tenía un pequeño barco pesquero cuyo nombre era "Begoña", con él se había ganado modestamente la vida. Antes de que amaneciera salía a pescar. Volvía pronto a casa después de vender el pescado y siempre encontraba a Begoña enfrascada en las tareas del hogar. Su desayuno estaba puesto en la mesita de la cocina, la que daba al pequeño jardín que tenía como fondo el océano. El café solo era su adicción, las austeras tostadas con mantequilla le encantaban. Begoña las preparaba para él amorosamente día tras día. Había conocido a su mujer muy joven y poco tardaron en casarse. Quererse había sido inevitable, como pasear descalzo por la playa y probar la temperatura del mar con los pies aunque haga frío.
       Fumar en pipa era parte de su personalidad, de su estilo de vida. Empezó a fumar desde joven, conservaba la pipa que su padre le regaló poco antes de irse para siempre. Era valiosa, estaba tallada con madera de brezo. Siempre la tenía reluciente ( dentro de lo que le permitía la vejez de la misma), después de fumar la limpiaba con mucho esmero. Aunque casi siempre la llevaba en la boca, en el lado derecho. Había marcado la boquilla con sus muelas tras años fumando. La pipa hacía conjunto con su espesa barba, con los pantalones de pana, con el husky azul marino y con los gastados náuticos. Fumar en pipa le parecía una filosofía de vida. Con cada bocanada de humo aportaba algo de sí mismo al mar, al grisáceo cielo. Siempre la llevaba  consigo. La pipa le acompañaba en su sobria y tranquila rutina.
         Su matrimonio con Begoña era muy feliz, disfrutaban de las pequeñas cosas. Gozaban en la vida de un perfecto equilibrio. Hasta que un día Ramón se encontró completamente solo. Fué un duro golpe. Ahora el paisaje se le hacía verdaderamente gris, la humedad del mar le estorbaba. Canceló sus paseos y la pesca, a la que en sus últimos años sólo acudía por placer. Pasaba horas  en el salón de su casa compadeciéndose de sí mismo. Su rutina era vacía, no tenía provecho.
        Un día de invierno salió el sol y decidió salir en su barco. Embarcó, cogió la pipa y se sentó en la proa. El aroma del dulce tabaco y el calor de la cazoleta mezclados con el frescor de la brisa marina y el olor a sal le proporcionó mucha paz. Evocó sus momentos felices junto a Begoña, la echaba mucho de menos, pero no tenía ganas de salir adelante. De pronto el barco zozobró violentamente, tanto que perdió el equilibrio. En el brusco movimiento la pipa se le escapó de los labios y cayó al mar. Ramón comprendió al instante el mensaje de Begoña. Volvió a casa feliz y para comenzar su nueva vida compró una pipa reluciente para dejar sus muelas marcadas en ella. Una nueva compañera de pensamientos, esta vez positivos y proyectados a un futuro solitario pero prometedor. Sería un redescubrimiento de las pequeñas cosas. Una evocación de bellos recuerdos que le empujaran a continuar

      Años después la vieja pipa llegaría con la marea a los pies de una pareja que paseaba. Muy deteriorada, ya sin esmalte pero con las marcas de las muelas intactas, pasaría a decorar un recién estrenado hogar.
      La pipa que cayó al agua con las penas de un hombre, sería testigo de las alegrías de un luminoso nuevo hogar.
         


13 de noviembre de 2012

Pelo bailón.

    Hoy un pequeño homenaje a un rasgo muy característico de mi fisionomía. Mi pelo. Mi alocado, rizado,castaño pelo.
      Hace tiempo leí en un libro ( no recuerdo cuál) una frase con la que estaba de acuerdo: "Tener el pelo rizado es una maldición, y no dejes que nadie te diga lo contrario". Años y años estuve odiando mi pelo. Envidiaba las melena lisas que ondeaban armoniosamente al viento. Esa aversión me esclavizó a no llevar el pelo de otra forma que no fuera recogido en un aburrido y "señorón" moño. Hasta que un día decidí que ya era hora de "soltarse la melena", literalmente. Desde entonces me siento orgullosa de ser portadora de tan abultada melena. Es un signo muy reconocible. ¿Sabes a quién me refiero? ¿La del pelo a lo afro? ¡Si, esa!
     Su mantenimiento es sencillo, no requiere horas y horas frente al espejo, en invierno me protege las orejas del frío, es moldeable, entretiene acariciar los traviesos rizos y si alguien te busca te reconocerá desde la lejanía.
       Me gusta pensar que mi pelo es rizado porque le gusta crecer bailando. Asi que, ¡ que siga bailando!



23 de octubre de 2012

El bote de galletas.



   Los sueños y aspiraciones son esos botes de galletas de chocolate que de pequeños intentábamos alcanzar en vano. Solían estar en altos armarios o estantes. Queríamos llegar a ellos ansiosos y hambrientos, buscábamos mil maneras para conseguirlo. Las sillas o los hombros de nuestros hermanos nos ayudaban a lograr nuestro objetivo, aunque a veces nos caíamos desde lo alto o el esfuerzo era insuficiente. Cuando conseguíamos llegar a las galletas una no era suficiente y después del atracón abríamos la nevera. Siendo mayores ya llegamos de sobra al bote de galletas.
    Es muy importante tener sueños y aspiraciones, son parte de la esencia de la vida, de vivir. Aunque nunca los alcancemos el hecho de luchar nos hace fuertes. Pero no debemos abandonar ésta lucha. Algunas veces, cuando nos dirigimos a un lugar concreto, nos perdemos por el camino. Es posible que lleguemos tarde pero seguro que habremos hecho algún encantador descubrimiento por el nuevo y largo camino. Ningún paso habrá sido en balde.
    También puede pasar a veces que ante una imponente vista desde lo alto, tras la contemplación desearemos estar allí abajo. Cuando conseguimos alcanzar nuestra aspiración somos felices pero pronto, a pesar de la satisfacción personal, desearemos un nuevo logro o meta. Pero es la vida misma, luchar nos mantiene vivos.
    A veces cuando creemos que hemos logrado nuestro sueño, es posible que se nos arrebate con violencia y dolor. Es difícil no caer en el desánimo ni en el victimismo. Aunque en cierto modo siempre somos pequeños, el bote de galletas siempre estará en el armario, sólo hay que acercar la silla y estirar los brazos.


   Para mi hermano pequeño favorito.

22 de octubre de 2012

El Café del Diván


    Aquél café era el lugar preferido de Teresa. Era un sitio cálido, con una barra de oscura madera nada más entrar a la derecha. En el lado opuesto se encontraba la enorme biblioteca. Estaba compuesta por infinidad de libros de todos los tamaños, colores y contenidos. La condición para entrar en aquel lugar era donar un libro, con una dedicatoria dentro. Así, la biblioteca del café sería de todos, habría algo de cada uno en ella y en eso precisamente, residía su encanto.
   Al fondo del local estaban los sillones para sentarse a leer acompañado de una bebida caliente. Eran sofás mullidos, que aceptaban el peso de tu cuerpo en un cálido abrazo. Eran todos color verde botella y hacían un juego perfecto con la moqueta color salmón. Cubría todo el suelo, amortiguando así los pasos de la gente evitando turbar las lecturas de los clientes. Las paredes estaban empapeladas, así que los sencillos estampados de éstas y las luces indirectas, hacían del café un lugar muy cálido y confortable.
    El lugar más codiciado del café estaba al fondo en una esquina, donde un diván de terciopelo granate con un cojín a juego invitaba a sentarse en soledad, un poco más alejado del gentío.
Para completar esta cálida atmósfera, el aroma del café, del té y del chocolate se mezclaban para deleite de los clientes.
   Teresa encontró el lugar por casualidad. El primer día que topó con él no pudo entrar ya que no llevaba encima ningún libro que donar para la biblioteca.
En cuanto pudo volvió con el libro que debía dejar en la biblioteca del café. El libro que donó fue “ La historia interminable” de Michael Ende. Era un libro que había marcado su infancia. La dedicatoria que escribió decía así: “ Para que cada uno sea protagonista de su propio cuento”.
Desde entonces iba todos los sábados por la tarde al café. Se sentaba allí con un libro y pedía un chocolate caliente. Pasaba así horas y el día que conseguía para ella el diván de terciopelo granate se sentía muy afortunada.Normalmente estaba sola, pero de vez en cuando, cuando le tocaba compartir sillón, acababa por charlar con el compañero de lectura. Eran tertulias muy agradables. Intercambiaban sugerencias literarias, se contaban sus respectivas vidas, debatían sobre el tema que surgiera...
Un sábado Teresa estaba en el café, pero ese día no había podido conseguir el diván para ella. Estaba cómodamente incrustada en los almohadones de uno de los sofás verdes. Aquel día estaba leyendo “ Hijas y esposas” de Elisabeth Gaskell, cuando vio entrar por la puerta a una chica joven, de unos veintiocho años. Su piel era muy blanca, pero de un aspecto muy saludable. Era delgada, con un cuello muy elegante, su pelo era negro y ondulado y lo llevaba recogido en un moño. Iba vestida con mucha sencillez. Era de una belleza limpia y clásica.
    A Teresa le resultaba muy familiar, sintió que la conocía de toda la vida cuando se cruzaron sus miradas y ella le dirigió una tímida sonrisa. La misteriosa extraña parecía que era la primera vez que iba al café, ya que llevaba un viejo libro ricamente encuadernado que depositó en una de las estanterías de la biblioteca del café. Teresa devolvió su atención al libro que tenía en las piernas aunque pasó varios minutos en la misma página.
    La extraña había pedido un té en la barra y se dirigió hacia la zona de los sillones. Para sorpresa de Teresa ocupó el sitio que había a su lado. Nuestra protagonista intentó disimular su turbación e intentó concentrarse en el libro pero en vano, no podía dejar de pensar por qué le resultaba tan familiar aquella chica. Teresa leía y la extraña escribía con su pluma de color amarillo en una libreta de hojas en blanco.
Llevaban así largo rato cuando entró en el local un señor de unos cincuenta años. Era alto, lucía con gesto duro una frondosa barba, que hacía in cómico contraste con sus pronunciadas entradas. Teresa se exaltó al verle y tuvo que contenerse para no correr a darle un abrazo. Sintió que era un viejo conocido al que hacía mucho tiempo que no veía. El señor tenía un buen porte y vestía un traje marrón, elegante pero algo avejentado.
    También era la primera vez que estaba allí ya que depositó un grueso libro en la biblioteca. Después se sentó en una butaca que estaba al lado de Teresa. Cuando se sentó saludó educadamente a Teresa y a la extraña. Abrió por la primera página un libro que había cogido al azar de la biblioteca. Después de largo rato, Teresa no pudo contenerse más y les pregunto a los extraños si era posible que pudiera conocerlos de algo. Ambos coincidieron en la familiar sensación que les había provocado el ver a Teresa, pero no llegaron a descubrir de qué se conocían. Aunque la audacia de Teresa sirvió para que los tres entablaran una amena e interesante conversación.
    Hablaron de tenas banales, de nimiedades, pero también hablaron de temas profundos, de cuestiones existenciales. En algunas cosas diferían unos de otros, en otras coincidían, se creaban debates de lo más interesantes. Después de mucho hablar empezaron a hablar de literatura. Los tres coincidían en su amor por los clásicos. Daban importancia al hecho de conocerlos, por cultura y por forjarse una buena base como lector y crítico.
    Teresa estaba eufórica, ¡ qué a gusto se sentía! No podía explicar lo que pasaba por su mente. Sentía una extraña pero agradabilísima sensación. Parecía como si supiera qué iba a decir cada uno de sus nuevos amigos en cada momento.Después de dos horas de conversación los extraños se fueron, despidiéndose calurosamente de Teresa y agradeciéndole la agradable tarde.
Cuando Teresa se quedó sola repasó mentalmente la tertulia con sus nuevos viejos amigos.Curiosamente no les había preguntado sus nombres, pero pensó que eso no importaba. Quiso quedarse con la sensación que cada uno le había dejado. Él le pareció un hombre extraordinariamente culto. Era algo nervioso y muy apasionado en sus explicaciones. Su ronca voz daba gravedad a todo lo que decía. Teresa pensó que era una persona a la que le había tocado sufrir en la vida, parecía alguien atormentado en busca de un poco de paz. Era un intelectual luchando por la justicia con su intelecto como arma. Ella le pareció una persona muy sencilla, con una moral muy recta y reflexionada. Hacía un encantador empleo de la ironía. También ella era apasionada, pero sus finas maneras transmitían mucha tranquilidad. Creyó ver en ella un espíritu libre, libre de cualquier convención social. Le pareció encantadora.
    Con estas reflexiones sobre ellos, Teresa se preguntó qué pensarían ellos de ella y si comenzarían a ser asiduos del “ Café del Diván”. Estaba ansiosa por volver a estar con ellos y dejó volar la imaginación.
De pronto se acordó de que ambos habían donado ese día sus libros de admisión al café. Ella recordó cómo eran los libros que llevaban y más o menos en qué parte de la biblioteca estaban colocados. Así que se levantó del sillón, encontró sin problemas los dos libros y volvió a su sitio. Apartó la taza vacía del chocolate caliente y los colocó sobre la mesita. Los observó con emoción.
    ¡Qué casualidad! El libro de ella era “Orgullo y Prejuicio”, de Jane Austen, uno de sus libros favoritos. El libro grueso, el de él era “ Crimen y Castigo” de Dostoyevski, otro de la lista de sus libros favoritos.Teresa estaba entusiasmada, ¡ qué bella casualidad! Fue la guinda para acabar de reafirmar su simpatía por ellos. Recordó que los libros donados debían contener una dedicatoria firmada. Así que no le costó mucho decidirse a leerlas.
    La letra de ella era clara, inclinada levemente hacia la derecha. Estaba escrita con pluma. La caligrafía de él era más irregular, las palabras estaban casi apelotonadas, escritas en tinta negra. Las dos dedicatorias decían exactamente lo mismo: “ Para Teresa, mi lectora ideal”. Estaban firmadas. Jane, firmaba ella. Fiódor, había firmado él.
     Teresa sonrió y miró hacia la puerta del café. Ya se acordaba de qué los conocía.



3 de octubre de 2012

Noches.

   La noche es más romántica que el día.
  La oscuridad ejerce un mágico poder de nosotros. ¿Cómo comparar un nocturno paseo y uno diurno? Los amantes no dudarán. De noche se ve más. Los ojos están casi  cegados, pero en su ayuda acuden los demás sentidos para no perder detalle de lo que ocurre a nuestro alrededor. El tacto nos da la seguridad de que nos aferramos a la persona querida, la oscuridad entonces, no da miedo. El oído también contribuye a que nos sintamos cómodos y seguros escuchando tiernas palabras que forman parte de la canción que los grillos cantan. Con el gusto se mezcla el olfato, y parece que saboreemos la fresca humedad nocturna que se mezcla con la fragancia de nuestra compañía. La vista se limita a captar los brillos que emite la mirada del acompañante. El alma ve más en la oscuridad, no hay matices, ni gestos, sólo verdaderas sensaciones.
    La noche es la madre de los sueños que nos envolvieron una vez y que ahora se cumplen. Nos ha guardado nuestros secretos desde que tenemos uso de razón. A veces tiene la generosidad de regalarnos la luna llena, para que así podamos de vez en cuando tener los cinco sentidos activos en la oscuridad. Además la oronda luna creará largas sombras con los árboles que harán de los campos mares llenos de extrañas figuras. Pero lo dicho, no tendremos miedo porque estamos acompañados.
      La oscuridad da intimidad, pasamos inadvertidos. Protege nuestros rubores. Podemos mirar mientras habla a la noche a la persona que nos acompaña, sin temor a que descubra nuestra fascinación por su belleza.
      La oscura noche es testigo, cómplice, bella, siempre fresca, eternamente romántica.

16 de septiembre de 2012

El mejor lugar del mundo.

   Cuando la pena y la tristeza son los gobernantes en nuestro corazón, siempre hay un lugar donde estos soberanos son destronados por la paz y la alegría.
   Este lugar es NUESTRO LUGAR. Toda persona sabe adonde acudir para encontrar el consuelo que necesita en algún momento.
   Para algunas personas puede ser un rincón de su casa, para otros un banco del parque, quizás para alguien un solitario paraje, para muchos una bulliciosa calle. Cada persona tiene el suyo. Algunos sólo tendrán que cerrar los ojos y dejarse transportar por la imaginación si ese querido lugar se halla físicamente lejos de nosotros.
   Este lugar es poderosísimo. Su poder consiste en alejar de nuestro ánimo la pena, la tristeza y la preocupación de un solo golpe; dejando entrar por una alfombra roja al sosiego y a la alegría. No tenemos que hacer nada especial, el mero hecho de encontrarnos allí nos transforma.
   No sabemos exactamente por qué precisamente tal lugar ejerce ese poder sobre nosotros. Aquí es donde entra en juego el extraño e inexplicable subconsciente. Tal vez en nuestro lugar recibimos hace mucho tiempo una buena noticia, o quizás alguien me sonrió un día en esa calle, o es posible que ese lugar me recuerde un paisaje de mi película favorita. No sabemos por qué ese sitio es el elegido. Ese es posible el encanto y la magia que desprende NUESTRO LUGAR.
   Por eso, a pesar de que en determinados momentos sufrimos y no vemos un próximo amanecer, es alentador saber que nuestro lugar, el mejor lugar del mundo, nos espera para darnos consuelo.
   Mi lugar es, claro está, EL CAMINO DE LA ALAMEDA, en mi querida "GRANJAFRÍA".


4 de septiembre de 2012

Dos familias enfrentadas.

   Hace mucho tiempo, cuando aún los gallos eran el único despertador de la gente, existían en un país muy lejano dos familias enfrentadas. La enemistad de las familias tenía un origen muy lejano. Ni las mismas familias sabían cuándo había comenzado la afrenta, desde que nacían se les inculcaba el odio a la otra familia. La rivalidad entre ambas era pública y manifiesta.
    La familia Cronos estaba formada por gente racional, práctica, inteligente, recta, estudiosa.  Pasaban horas y horas en un laboratorio preparando todo tipo de mezclas, provocando explosiones...Todos sus miembros dedicaban su vida al estudio de lo que les rodeaba, tenían curiosidad por todo.Aunque esto es un arma de doble filo, porque intentar llegar al origen y el porqué de todo puede resultar agotador. Los Cronos eran pues gente muy interesante aunque inconformista, hasta que no llegaban a la  meta no descansaban.
     Los miembros de la familia Laurel eran muy diferentes. También gente brillante y estudiosa pero de otro modo. Pasaban el día leyendo, escribiendo, muchos de sus miembros viajaban, les gustaba conocer también qué había pasado mucho tiempo atrás. Tenían una sensibilidad muy pronunciada. Encontraban placeres en cosas muy pequeñas. Eran descomplicados. Aunque a veces les faltaba su dosis de realidad, ya que podían pasarse el día entero haciendo castillos en el aire y soñando sin llegar a ningún sitio.
      Esta claro lo diferentes que eran estas dos familias.
     Llevaban sin hablarse siglos. Ninguna de las dos familias entendía el modo de vida de la otra. Los Cronos pensaban que los Laurel eran gente informal y los Laurel pensaban que los Cronos eran unos aburridos.
      Hubo un día una desgracia en casa de los Laurel. El padre de familia cayó gravemente enfermo. Toda la familia estaba desesperada buscando un remedio a su grave dolencia. Todos pensaban en los Cronos interiormente. Sabían de sus dotes para curar enfermedades pero, ¿serían capaces de romper una indiferencia y un silencio que duraba siglos? Tal era su desesperación que uno de los hijos emprendió el viaje a la casa de los Cronos. 
     La familia Cronos se extrañó de la visita del joven Laurel, pero la cara descompuesta de éste y la buena naturaleza de los Cronos hizo que el joven pudiera explicar el motivo de su visita.
     A pesar de la enemistad, el más inteligente de los Cronos corrió a ver qué podía hacer por el enfermo  de los Laurel. Sus estudios no habían sido en vano, así que rápidamente hizo un diagnóstico y elaboró a base de hierbas una medicina que restableció al padre de los Laurel.
      Tal fue la alegría de estos que en un minuto olvidaron el pasado y empezaron a forjar una amistad con los Cronos... Quién lo iba a decir...
      Pasaban días enteros juntos. Los Cronos les explicaban cómo funcionaba el universo, cómo calcular la distancia entre sus casas, cuál era la mejor época para cultivar flores, cómo curar resfriados.... En cambio los Laurel les contaban historias narrados por otros hacía mucho tiempo, les enseñaron a encontrar la belleza en unos versos, les explicaban qué había ocurrido allí mismo hacía cientos y miles de años, les ayudaban a apreciar las pequeñas cosas.
      De esos encuentros entre las familias surgió la unión de dos de sus miembros. Se compenetraban perfectamente. Desde entonces encontraron el perfecto equilibrio.
       Esa unión supuso vencer la distinción radical entre las Ciencias y las Letras.
       ¿Por qué no puede un físico nuclear disfrutar con una poesía? ¿Por qué no puede un escritor interesarse por la astrología? ¿Por qué no puede un matemático conocer la historia de su nación?
       Tanto las Ciencias como las Letras son parte de nosotros, en mayor o menos medida cada una de ellas, pero está claro que no son dos compartimientos estancos separados. Aunque sea solo por cultura e inquietud debemos probar de las dos.
       Dejemos que la reconciliación de los Cronos y los Laureles se lleve a cabo en nosotros.




Este post participa en la I Edición del Carnaval de Humanidades

8 de agosto de 2012

El museo de las palabras.

   Todo el mundo tiene algo que decir. Cosas interesantes, otras más insignificantes, algunas emocionantes, muchas divertidas, por desgracia otras tristes... Necesitamos comunicarnos. Compartir una preocupación o una alegría, nos alivia el sufrimiento y aumenta la satisfacción respectivamente.
   Aunque claro está que todas las personas tendrán algo que decir siempre. No existe un orden de intervención establecido, por eso, es muy importante, más que hablar, escuchar.
   A todos nos gusta de vez en cuando ser el centro de atención en un grupo contando nuestras vivencias, o llevar las riendas de una conversación; pero, nosotros ya conocemos y hemos escuchado nuestra propia historia. ¿ No es mejor escuchar lo nuevo, lo que los demás tienen que contarnos?
   Esto no quiere decir que seamos momias que no sean capaces de terciar palabra, pero es importante ( y también muy difícil) saber cuándo hablar y cuándo escuchar. Pienso que forma parte de la empatía.
   Es como cuando vas a un museo. En silencio observarás cada cuadro, cada obra de arte esperando ver qué impresión te produce, qué te transmite. Algunas obras nos encantarán simplemente, al primer golpe de vista, otras no nos gustarán pero aún así las habremos observado y las conservaremos, muchas requerirán una atención más paciente para comprender lo que nos quieren transmitir, otras nos hipnotizarán y no podremos dejar de mirarlas sin saber por qué...
    En cierto modo es como si cada persona fuera una obra de arte. ¿ No será genial observarla y descubrir cuál es su significado, qué nos quiere transmitir? ¿No será maravilloso imaginar la labor que cada pincelada, cada color elegido ha dado forma y ha influido sobre el resultado final que tenemos ante nosotros?
   Escuchar las vivencias ajenas es enriquecedor, podemos hacerlas nuestras y saldrán de nuestra memoria en el momento más oportuno.
   En determinados momentos seremos la tabla de salvación de esa persona que necesita desahogarse. Debemos estar receptivos.
   Está claro además que las personas que saben escuchar son muy valoradas, seguramente más que los charlatanes que escupen palabras sin ningún tipo de contención.
   ¿ No es extremadamente atractiva una de esas personas de las que se encuentran envueltas por cierto halo de misterio, de mirada tímida y cautivadora? Aquellas que se nos resisten en nuestro escrutinio de almas y personalidades. Estas figuras son encantadoras y el contador que mide sus intervenciones suele estar bien configurado.
   ¡ Qué bonito es escuchar! Así también sabremos valorar cuando nos escuchen a nosotros.
   La Gioconda tiene cautivado a todo el que la contempla, todos hablan de su enigmática mirada , ¿ no será tal vez que está callada, que parece escucharnos a todos y cada uno?



20 de mayo de 2012

Si no.

  Si no existiera Granjafría no sería campera.
  Si no existiera la lluvia no olería el verde campo.
  Si no existieran los libros no sería sensible y romántica.
  Si no existiera el color rojo no habría amapolas.
  Si no existiera la brisa los árboles no cantarían.
  Si no existiera la música no bailaría.
  Si no existieran los murciélagos no tendría ninguna fobia.
  Si no existiera el papel las palabras volarían.
  Si no existiera el mar no habría manera de navegar.
  Si no existieran las flores la primavera no sería tan bien recibida.
  Si no existieran los sexos no habría lágrimas de amor, ni para bien ni para mal.
  Si no existieran los pájaros no tendíamos que envidiarlos por volar.
  Si no existieran los caminos nos perderíamos.
  Si no existiera la amistad nos sentiríamos en continua soledad.
  Si no existieran los relojes quedaríamos al amanecer.
  Si no existiera la familia no tendíamos raíces.
  Si no existiera el sufrimiento nunca aprenderíamos.
  Si no existieran los animales parte de nosotros tampoco lo haría.
  Si no existiera la noche no veríamos a la luna brillar.
  Si no existiera el fuego no conoceríamos el poder que tiene.
  Si no existiera la religión no tendríamos sentido.
  Si no existieran la garzas desconoceríamos uno de los sinónimos de elegancia.
  Si no existiera el Derecho es posible que hubiera más Justicia.
  Si no existieran los padres nos perderíamos los mejores consejos.
  Si no existiera el verde no habría naturaleza.
  Si no existiera la nieve nos perderíamos una gran diversión.
  Si no existiera la tinta no habría plumas.
  Si no existieran las hormigas no existiría el concepto de organización.


  De lo pequeño a lo grande, de lo abstracto a lo concreto, lo de lo importante a lo insignificante.
  Todo, absolutamente todo, nos enseña, muestra y aporta algo.

14 de marzo de 2012

Lo grande de lo pequeño.

   Lo grande de lo pequeño, me siento muy afortunada. No necesito nada especialmente raro o costoso para gozar de pequeños momentos de felicidad que hacen de la vida algo fantástico. Esto creo que es por tener la suerte de ser una mujer sensible. Aunque esta sensibilidad a veces ha jugado en mi contra, cada día la agradezco más.
  Las personas sensibles somos felices y nos conformamos con muy poco, ya que tenemos la capacidad de extraer grandes cosas de otras muy pequeñas. 
  Me hace feliz el primer soplo de aire fresco que recibo en la calle al salir de casa. Me hace feliz un simple guiño de ojo. Me hace feliz ver un bonito cuadro. Me hace feliz escuchar esa canción por la que me ha dado últimamente. Me hace feliz estar sentada con un buen libro. Me hace feliz comer en familia. Me hace feliz que mis sobrinos me abran los brazos desde lejos. Me hace feliz percibir en la naturaleza el cambio de las estaciones. Me hace feliz bajar cuestas a toda velocidad con " Molly". Me hace feliz que sea viernes. Me hace feliz mojarme cuando llueve. Me hace feliz oler la hierba recién cortada. Me hace feliz oír una voz bonita. Me hace feliz recibir una flor. Me hace feliz un abrazo. Me hace feliz que nieve. Me hace feliz un silencio cómodo. Me hace feliz viajar en el tiempo. Me hace feliz pasear por la noche. Me hace feliz bailar. Me hace feliz ver un petirrojo. Me hace feliz ver pasar a la gente. Me hace feliz oler un libro. Me hace feliz que se duerma un gato en mi regazo. Me hace feliz quedarme dormida en el sofá. Me hace feliz reírme sola. Me hace feliz la luna llena. Me hace feliz revivir recuerdos de la infancia. Me hace feliz subir a un columpio. Me hace feliz pisar charcos con las katiuskas.
  En definitiva, hay infinidad de detalles y de pequeñas cosas que me hacen vivir momentos de plenitud y felicidad momentánea. 
  Agradezco ser sensible y valorar las pequeñas cosas, soy fácil de complacer.
  Pienso que la felicidad plena aquí no la probaré, pero el hecho de gozar durante el día de estos pequeños momentos hace que me acerque bastante a ella. Gozo de un equilibrio perfecto entre las preocupaciones diarias y los deliciosos instantes felices. A mí, me basta.



6 de marzo de 2012

Una difícil decisión.

   Al anochecer, en un parque, en buena compañía, surgió una cuestión. Si nos preguntaran cuál es nuestro libro favorito, ¿ sabríamos, sin dudar, responder a esa pregunta?.
   Yo siempre he tenido bastante claro cuáles son mis libros favoritos. Pero nunca he podido decir uno solamente. Éste culto y pensador acompañante me hizo planteármelo.
   Reflexionando, pienso que no podemos elegir solamente un libro favorito. Cada libro nos aporta diferentes cosas. Por otro lado, un mismo libro será visto e interpretado de diferente manera por distintas personas. Podemos leer el mismo libro dos veces y lo sentiremos y lo haremos nuestro o no dependiendo del estado anímico por el que pasemos.
   No hay libros buenos o malos. Cada lector es un crítico diferente, y hay millones de lectores. Un libro que a mí no me aporte nada será para alguien un tesoro que cambió su vida.
  No se a quién le oí esto, pero a un escritor le preguntaron cuál era su libro favorito y respondió que preguntar eso a un lector era como preguntarle a una madre cuál es su hijo favorito. Estoy completamente de acuerdo.
  ¿ Qué libro podría merecerse el primer lugar en el podio de mis lecturas favoritas? No sabría decirlo. Ha habido libros que me han marcado mucho, pero en aspectos diferentes. Algunos me han hecho llorar, otros reír, otros me han ayudado a marcar el camino que quiero llevar en mi vida, otro me han hecho viajar en el tiempo, otros me han hecho ser Hester, otros me han hecho enamorarme, otros me han hecho más tolerante, otros me han hecho ser niña otra vez; y así infinidad de cambios e influencias han ejercido sobre mi los libros.
   Todos y cada uno de los libros que he leído me han transmitido algo, bueno o malo. Otros se han ganado una segunda y mas exhaustiva si cabe, lectura.
   Me ha impactado en alguna ocasión hasta que punto parece que el único destinatario de un libro es uno mismo. Da miedo. Parece como si el autor hubiera pensado en ti al escribirlo.
   Para guardar un poco de la esencia de cada libro que he leído, me gusta escribir en una libreta las frases o párrafos que más me han gustado, impactado o aportado. Así, siempre que quiera puedo volver a revivir las experiencias y sensaciones que cada libro me transmitió.
  Cada libro se merece un lugar en el corazón de alguien. Todos deben tener la oportunidad de ejercer ese poder sobre una persona.
   Por eso, es muy difícil elegir un único libro que presida nuestra biblioteca. Las facetas de las personas son muchísimas, un libro diferente estimulará cada una de ellas.
   Realmente elegir un único libro como favorito es una difícil decisión, para mí, realmente imposible.


20 de febrero de 2012

Vigilantes.

   Hay pequeñas grandes cosas que, conforme más mayor me hago, más aprecio y valoro. Me pasa con infinidad de cosas. Ésto me gusta, ya que es una delicia estar reaprendiendo y redescubriendo continuamente miles de cosas. Es como si hubiera perdido la vista durante muchos años y, de pronto la hubiera recobrado. Cosas que antes veía, ahora las miro y observo con más atención.
    Me pasó el otro día con las estrellas. Siempre las he contemplado. Dormir en verano al raso con el cielo como techo, es un privilegio. Elevar tus últimos pensamientos del día a las estrellas, es envidiable. Trazar líneas rectas de una estrella a otra formando infinidad de dibujos, parece un juego al que hemos jugado todos de niños, pero sobre el papel; muy pocos lo hacen sobre el firmamento. Poner sobre la carretilla que forma la Osa Mayor nuestras esperanzas, deseos, amores, preocupaciones y pensamientos es liberador y reconfortante. Reflexionar sobre cosas profundas al contemplar la soledad de la Estrella Polar, es enriquecedor. Ésto siempre lo había valorado can más o menos intensidad.
    Pero el otro día, de noche, mire al cielo y hubo algo que me sorprendió. Puede que esté completamente equivocada pero fué mi impresión. Las estrellas en invierno lucen con más intensidad. Eso me pareció y me parece. Nunca me había parado a contemplar las estrellas en invierno. El frío nocturno nos lleva presurosos a nuestras calientes y caldeadas casas.
    En verano las observamos a ellas. En invierno nos contemplan ellas a nosotros.
    Mi teoría: en invierno lucen más intensamente las estrellas en un cariñoso,pero vano intento de que nos llegue su calor en las frías noches. Aunque no nos llegue su calor, el espectacular firmamento que viste el invierno, no tiene precio. Ninguno somos merecedores de contemplar el tan grandioso espectáculo que gratuitamente se nos brinda.
     Merece la pena de vez en cuando, alejarse un poco de la ciudad y pasar un poco de frío para contemplar los astros que, frustradamente luminosos y brillantes, pretenden calentarnos a millones de años luz.